Temas de Interés
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Conocimiento y Desarrollo*
La relación entre conocimiento y desarrollo constituye una ecuación virtuosa, cada vez más estratégica para considerar los destinos de nuestros pueblos. Sin embargo, las profundas transformaciones sociales, políticas y científicas de nuestra época obligan a revisar nuestras concepciones sobre esta relación y sus componentes.
Hoy ya no es posible mantener los mitos que ilusionaron el paisaje del Desarrollo en décadas pasadas, concibiendo tendencias lineales del progreso humano, o apostando con euforia a la capacidad de la revolución tecnológica para abonar el crecimiento económico y su equidad. La realidad ha resquebrajado las ideas simples y ha superado los postulados entusiastas que veían sólo parcialmente algunos datos y su vinculación con el contexto. De esta forma, junto con la revolución del conocimiento y la tecnología, se ha venido instalando una segunda revolución asociada: la del uso que se hace del conocimiento y la tecnología. Y, hace ya tiempo, insistiendo por nacer, hay una tercera revolución en este circuito: la del conocimiento del conocimiento. Quizás como nunca antes se impone un imperativo ético y estratégico en el campo del conocimiento para el desarrollo: interrogarse acerca de qué hacemos para conocer, qué hacer con lo que sabemos y también, acerca de las implicancias de lo que hacemos.
Una creciente conciencia de la complejidad del mundo real aparece en distintos discursos y debates. Se insiste en la necesidad de comprender de otra manera la interdependencia de los fenómenos, los factores de incertidumbre y los destinos previsibles e imprevisibles de la acción. Por otro lado también se constata la insuficiencia de los modos de conocer dominantes en la actualidad. Así, desde distintos ámbitos, se postula la necesidad de una perspectiva más integrada que la tradicional en el tratamiento de realidades complejas.
En este escenario, tres aspectos parecen claves a la hora de considerar una nueva relación entre conocimiento y desarrollo:
Por un lado, alentar nuevos modos de producción de conocimiento, desde una perspectiva compleja y transdisciplinaria, propiciando un tipo de investigación aplicada, participativa y procesual, que pueda superar las visiones estrictamente disciplinarias.
Por otro, en los procesos de elaboración de políticas de desarrollo, favorecer el enlace entre investigación y políticas, para contribuir desde las ciencias sociales con conocimientos relevantes, pertinentes y aplicables hacia la responsabilidad de quienes tienen la decisión política.
En tercer lugar, la reflexión ética de la intervención social. Como dice Edgar Morín, nos encontramos en un Titanic, con un impresionante desarrollo tecno-científico, pero sin un pilotaje que conduzca a destinos donde el desarrollo sea verdaderamente humano. Es necesario ir más allá de la “neutralidad” científica, trabajando permanentemente en la valoración ética de nuestra acción.?
Luis Carrizo
Editor Invitado
Centro Latinoamericano de Economía Humana (CLAEH)
http://www.claeh.org.uy/
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